Contratamos asesores para crecer o para tomar mejores decisiones?

Hace unos días, en un chat de un grupo del ecosistema emprendedor y empresarial del que formo parte, surgió una conversación interesante: cómo identificar a un buen mentor o asesor? Por los éxitos de las empresas que ha acompañado?

La pregunta parece razonable. Pero creo que estamos partiendo de un supuesto que vale la pena cuestionar.

¿Qué entendemos por éxito?

No todas las empresas necesitan crecer en ventas. Y crecer tampoco significa necesariamente escalar.

En determinados momentos, el verdadero desafío puede ser mejorar la rentabilidad, reorganizar la operación, fortalecer el equipo directivo, replantear la estrategia comercial o incluso tomar la difícil decisión de abandonar un negocio.

Por eso, antes de evaluar el éxito de una asesoría, habría que preguntarse: para qué contrataron al asesor? Qué problema necesitaban resolver?

Un asesor no puede garantizar los resultados de una empresa. Hay decisiones, circunstancias y variables que el asesor no controla. La responsabilidad de ejecutar sigue estando en manos del CEO/Gerente/Presidente y su equipo. Pero eso no lo exime de responder por la calidad de su trabajo y por el valor que se comprometió a aportar.

En mi experiencia, una de las mayores contribuciones de un asesor externo e independiente es ayudar a que la organización se haga preguntas que quizás nadie se está haciendo.

Cuestionar supuestos. Desafiar decisiones que todos dan por correctas. Introducir pensamiento crítico. Propiciar conversaciones difíciles que se han venido evitando. Pero sobre todo, ayudar a transformar esas conversaciones en mejores decisiones y acciones concretas.

A veces, el mayor valor de un asesor no está en ayudar a una empresa a crecer, sino en evitar que siga avanzando en la dirección equivocada. Interesante, cierto?

Estamos evaluando a los asesores por los resultados de las empresas o por el valor que realmente aportaron a sus decisiones?